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LLUVIA DE CAFÉ: ESENCIA Y REVOLUCIÓN

Por: Gourmet de México 13 Abr 2018
Una bebida que acompaña las ideas, que calienta el espíritu y la mente. Aroma que sirve de enlace para pasar de las palabras a la […]



	     LLUVIA DE CAFÉ: ESENCIA Y REVOLUCIÓN

Una bebida que acompaña las ideas, que calienta el espíritu y la mente. Aroma que sirve de enlace para pasar de las palabras a la acción y de ahí a la historia.

Por Alfonso Franco

“Ojalá que llueva café en el campo, pa’ que en la realidad no se sufra tanto”, dice la canción de Juan Luis Guerra, y es que, en Latinoamérica, el café siempre ha sido un símbolo de esperanza; en torno a una taza de este líquido humeante se han gestado ideas y planeado cambios sociales lejos de la política, porque sin cambio ideológico una revolución sólo es un bonito recuerdo para costruir monumentos, y muchas veces, la musa de esa filosofía nace del hume del café caliente.

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Cuando Octavio Paz, en El laberinto de la soledad, describe la Revolución mexicana, lo hace diciendo que es “el estallido de la realidad”. Nada más real que la comida y la bebida; quizá por eso la historia de la filosofía y la literatura está llena de escritores cafeinómanos, que aterrizan sus ideas y sus versos utilizando el aroma que desprende de sus tazas como un puente entre la casa de las musas y el mundo ‘real’. Y, en un mundo de redes sociales, cada vez más virtual, la gastronomía es un medio capaz de bajarnos de la ‘nube’.

ORIGEN REVOLUCIONARIO

La presencia del café en el mundo es una revolución en sií misma. Cuando el extracto de este grano comenzó a inundar Asia, llegando hasta Yemen, donde se cultivó en grandes cantidades, Mahoma lo bautizó como qahwa (vigorizante), pero siglos después los imanes islámicos entraron en controversia sobre la pertinencia del café respecto al Corán, lo que desembocó en su prohibición alrededor del año 1532, provocando terribles revueltas tras el cierre de las cafeterías, así que el edicto se derogó y el café siguió su viaje hacia Occidente, con controversias musulmanas sobre sus efectos “tóxicos”. Sin embargo, el resultado de estos movimientos resultó en que el puerto de Moca, principal vía hacia la Meca, se convirtió en el punto de partida de los granos de café hacia Europa.

“Una bebida negra como la tinta, útil contra muchos males, en particular del estómago. Se bebe por la mañana en una copa de porcelana que pasa de uno a otro, y de la que cada uno toma un vaso lleno. Está formada por agua y el fruto de un arbusto llamado bunnu.” Esta es la primera mención sobre el café en Occidente, tomada de Léonard Rauwolf en 1583, y con ella comenzó la revolución de este líquido en Europa, por donde se extendió gracias a los mercaderes venecianos.

“Esta bebida de Satanás es tan deliciosa, que sería una lástima dejar a los infieles su uso exclusivo. Vamos a expulsar a Satanás bautizándola, y así haremos de ella una bebida real y auténticamente santa y cristiana.” Fue la expresión del papa Clemente VIII al probar el café, y así quedó aprobado por el mundo.

REVUELTAS DE CAFÉ

Para el siglo XVII se popularizó la creencia de que el café y el té eran una droga, cuyo uso continuo podía causar la muerte. El rumor llegó a tal grado, que Gustavo III de Suecia ordenó a un par de reos beber café y té. El experimento fue un fracaso. Los médicos murieron de viejos, después el rey, muchos años más tarde el condenado a beber té y por último, el consumidor de café.

También muchas de las comunidades protestantes lo repudiaron, y en la Rusia zarista su consumo era castigado con la tortura; en cambio, en el resto del continente se abrían varias cafeterías y se importaban los granos desde Oriente.
Alrededor de 1720 el café comenzó a difundirse por América, y la leyenda cuenta que fue gracias a un incidente subversivo, y un tanto mítico, cuando Gabriel Mathieu de Clieu, un oficial de la marina francesa que estaba de servicio en la Martinica y que, de forma un tanto ilegal, adquirió un cafeto. Al regresar a su puerto de origen, el barco fue atacado por piratas en un arrebato de envidia por quedarse con los granos de café. Finalmente, Mathieu de Clieu consiguió salir bien librado y sembró su árbol en Costa Rica, donde fue cultivado por manos de esclavos.

Uno de los primeros incidentes en los que se vio envuelto este grano fue el motín del té en Boston (1773), cuando se tiraron al mar grandes cantidades de este insumo, en protesta por el precio inflado impuesto por la corona británica, y la consecuencia fue que se ensalzara al café como “bebida nacional”.

CAFÉ Y LIBERTAD

Los granos de café y la esclavitud en el campo estuvieron siempre, tristemente, ligados. Desde los etíopes hasta los del Nuevo mundo, fueron los encargados de librar las batallas diarias contra los rayos del sol en los cafetales.

Los movimientos independentistas en Latinoamérica resolvieron el problema de la esclavitud muy entre comillas, ya que hasta hoy en día se escuchan historias de niños trabajando de sol a sol recolectando granos. Hay casos de marcas de café clásicas de algunos lugares, como en Costa Rica, que ya han sido compradas por grandes trasnacionales.

Lo cierto es que el aroma del café ha estado en estrecha relación siempre con las ideas de libertad, ya sea por ese estallido de la realidad que vive el campo, o porque alrededor de una taza, o en las cafeterías, los intelectuales y pensadores siempre se han reunido para hablar de revolución.

Son famosas las charlas en el café La Habana, en la ciudad de México, entre Ernesto “Che” Guevara y Fidel Castro planeando la revolución cubana, y no es difícil imaginar a los hermanos Flores Magón dilucidando sus ideas anarquistas frente al humo aromático del café cargado y caliente. Trincheras, refugios antiaéreos y traiciones políticas, para bien y para mal, son campos fértiles para las ideas, para ese aterrizaje de conceptos revolucionarios.

Si esta bebida alimenta el espíritu tanto como el cuerpo, no es difícil imaginar por qué su escasez produce una reacción directamente proporcional al beneficio que causa y es que si hay café, no hay hambre.

Este producto ha sido sinónimo de abundancia de la tierra, aunque esa riqueza no haya permeado hacia el campesino. Por eso, hay alternativas de precio justo, de café orgánico, por eso, y por los momentos de revolución, “ojalá que llueva café en el campo”.

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