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Real de Catorce: Alucinaciones en el desierto

Por: Bleu&Blanc 13 Ago 2018
Descubre Real de Catorce y disfruta de uno de los destinos más espectaculares de San Luis Potosí. Vive una aventura a la mitad del desierto.



	     Real de Catorce: Alucinaciones en el desierto

En Real de Catorce aprendí que hay cosas que no se buscan sino que te encuentran. Había leído los libros de Castaneda y quería probar el peyote, así que tomé un camión y me fui al desierto de San Luis Potosí. 
Texto Rodrigo Pimienta Fotos Federico de Jesús
En el tramo entre Matehuala y Real de Catorce se sentó a mi  lado un viejito vestido con un bordado Huichol y sombrero de paja. Buenas tardes, saludé y amablemente me sonrió. Tres horas después Don Silverio me ofrecía su casa y me hablaba de lo sagrada que era la zona para los Huicholes, o Wixarikas como se llaman a sí mismos. Según me explicó en cada punto cardinal del territorio Wixarika hay un sitio sagrado. Al oeste está Wirikuta, el desierto de Real, en donde el disco solar se elevó sobre los cuernos de un venado y amaneció por primera vez detrás del cerro del Quemado. Cada año entre los meses de octubre y marzo los Wixarikas recorren 400 kilómetros desde Haramara, en San Blas, Nayarit, para dejar ofrendas en el Quemado y recoger peyote (Hikuri) el alimento sagrado.
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El camión se detuvo y Don Silverio me explicó que para entrar a Real de Catorce hay que atravesar la montaña por un túnel de 2300 metros de longitud y que, como sólo tiene un carril, se toman turnos entre los que van y vienen. El túnel de Ogarrio se construyó en 1901, durante el Porfiriato, según cuentan a mazo y cincel. Mientras esperábamos le pregunté a Don Silverio si sabía dónde podía encontrar peyote. Me respondió -sal al desierto y deja que te encuentre-.
Cuando salimos del túnel me golpeo la vastedad del paisaje. A 2,750 metros de altura, el pueblo está enclavado en la Sierra de Catorce, una de las más elevadas del altiplano. Entre las casas de adobe, lamidas por el tiempo, descubrí bastantes hoteles que no se veían nada mal: el Mesón, el Refugio, el Ruinas del Real, el Mina Real, el Real. Decorados de manera rústica, al estilo del pueblo minero que alguna vez fue, mantienen el tono mágico del lugar mientras ofrecen todas las comodidades. Me quedé en el Mesón de la Abundancia porque me gustó el nombre. Mi habitación era amplia, con una cama en el centro, agua caliente y flores frescas. Me tumbé en la cama aliviado de haber encontrado un lugar así sin sospechar que abajo en el restaurante todavía me aguardaba una aventura gastronómica. El menú alternaba entre platillos deliciosos y desconocidos: asado de boda, queso de cabra, cabuches, empanadas, albóndigas borrachas, chiles rellenos… Probé un delicioso asado de boda en salsa de chile ancho y con trocitos de puerco frito, acompañado de cabuches que son flor de la biznaga y un mezcal producido en la región.
A la mañana siguiente estaba ansioso por ir al desierto y dejarme encontrar por el peyote, como dijo Don Silverio, dejar las cosas fluir a mi vida. El pueblo de Real está en lo alto de un cerro. Para llegar al desierto hay que bajar a Estación 14, un pueblito que antiguamente recibía el tren de pasajeros y que representa el último bastión humano antes del dominio total de la naturaleza. Para ir de Real a Estación 14 están los “Willis”, unos jeeps de los años 50 pintados de colores que descienden por una brecha a lado de un voladero. Durante el trayecto Los Willis llevan pasajeros, encargos y mensajes de un caserío al próximo y todo el mundo se conoce y sonríe.
En Estación 14 un señor aceptó llevarme en su camioneta hasta Wadley, un pueblo cercano en donde decían abundaba el peyote, a cambio de una cuota que incluyó una clase de historia sobre Real de Catorce.
No se sabe cuándo se descubrió la primera veta, dijo, pero para 1776 Real de Catorce ya era uno de los centros mineros más importantes del estado. Antes de la guerra de Independencia Real vivía una época de auge, la riqueza de sus minas era legendaria y la abundancia era la norma. Pero después de la Revolución las minas cerraron y comenzó a despoblarse. Lentamente el tiempo fue cobrando su cuota y las casas se llenaron de fantasmas. Las familias fueron emigrando y el pueblo se convirtió en un lugar de “los que se quedaron”.
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Afortunadamente nuestro patroncito Panchito, así dijo, nos salvó. Justo cuando ya no hallábamos cómo, gente de todas partes vino a ver al Santo y comenzamos a vivir del turismo. Se refería a las peregrinaciones que se llevan a cabo desde el 20 de septiembre a finales de octubre. Ríos de personas desembocan en la capilla del pueblo para postrarse bajo la imagen de San Francisco de Asís, cariñosamente conocido como Panchito o Charrito. Hoy se vive un tercer auge en el pueblo, ya no minero ni religioso sino turístico, tanto que en el 2001 fue declarado “Pueblo Mágico” por la SECTUR.
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EXPERIENCIA MÍSTICA SIN PEYOTE
El sol trepaba cuando llegamos a Wadley y el calor nos pegaba las camisas al cuerpo. Le pagué a Don Rubén y quedamos en que me recogería al día siguiente, me despedí deseándole suerte y me di la media vuelta. El desierto esperaba.
Apenas sentí lejos las casas me puse a escudriñar el terreno en busca del cactus alucinógeno. Una hora después mi caminata cobró ritmo y paso a paso me descubrí repasando mi vida. Pensé en mi madre y en mi ciudad, mis amigos, en el perro que tenía de niño y en la vida que me esperaba de mayor. En todo ese espacio que me rodeaba, había lugar suficiente para que la multitud que vive dentro de mí saliera a estirar los pies. Pasadas las horas los rastros de mi vida cotidiana se apagaron y nos quedamos solos la infinidad y yo. Cuando el sol empezó a acercarse al horizonte instalé el campamento. Pasé el resto de la tarde en una búsqueda infructuosa de peyote, no entendía por qué no se me presentaba, sigo sin comprender por qué nunca lo hizo. El crepúsculo me encontró tumbado de espaldas, exhausto de la caminata y la frustración, mirando los tirones de nubes pasar del amarillo al púrpura. Las estrellas comenzaron a perforar el cielo, una a una, pronto eran miles, millones, más de las que nunca había visto. Me sentí diminuto y luego inmenso, el firmamento me envolvía de soles desde todos los rincones del universo y yo extendía la vista para tocarlos con la mirada. Aquellos astros y yo, pensé, estamos íntimamente conectados, como los diferentes elementos de un organismo. Todos formamos parte del mismo plan y estar en sincronía con él permite que lo que necesitas fluya hacia ti. El reto es no entorpecer el proceso con los planes propios. Sonreí, después de todo la travesía estaba surtiendo efecto, y conté 14 estrellas fugaces antes de quedarme dormido.
HIPPIE DE BOUTIQUE
Dos días después desperté en el Mesón de la Abundancia, el viaje de regreso no me había borrado las ganas de ver el mundo con mis nuevos ojos. Así que desayuné unos huevos catorceños tan deliciosos que suspendían el tiempo y me di a la calle. Visité la capilla y sus murales, las ruinas de la antigua plaza de toros y el panteón, la sección dedicada a la Virgen de Guadalupe y la de San Francisco de Asís. Me gustó especialmente la geometría del Palenque, las gradas octagonales en ruinas enmarcando el círculo del ruedo. Entonces comprendí que ninguno de estos sitios es el verdadero atractivo turístico del pueblo, la magia de Real proviene del conjunto de todos ellos. La magia viene del empedrado y sus banquetas desiguales, de las casas pintadas de colores, los cactus irrumpiendo de pronto sobre un muro descarapelado. La magia está en los puestos de comida y las artesanías, en la gente de sonrisa generosa, en los personajes insólitos que te encuentras por la calle. Subí a uno de los cerros cercanos a ver la tarde ponerse sobre Real, las luces comenzaban a encenderse y el pueblo parecía crecerle a la montaña. El día siguiente era mi último día y quería aprovechar para hacer una excursión al Cerro del Quemado. Bajé despacio mientras la noche iba invadiendo los montes, con los pies doloridos y una sonrisa en la boca.
Eran como las diez de la mañana cuando me alejé por un sendero que acompañaba a una ladera, atravesando caseríos y burros conducidos por hombres y niños que daban los buenos días. Apenas sentí las dos horas y media que hice a la cima del Quemado. En el suelo piedras dispuestas en círculos concéntricos enmarcaban los restos de una fogata. A un lado había cintas de colores, tejidos huicholes, artesanías y velas. Me senté sobre una roca a admirar el paisaje, cada elemento natural de Wirikuta es sagrado. Al final no había encontrado lo que vine a buscar pero en cambio descubrí un lugar mágico, de gente memorable y paisajes verdaderamente conmovedores y a través de ello descubrí que en la vida hay que mantenerse abierto, porque a veces las cosas que te encuentran son mejores que las que estabas buscando.
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REAL DE CATORCE CÓMO LLEGAR
De la Ciudad de México hay vuelos diarios a la capital potosina. Posterior hay que viajar por auto con rumbo a Matehuala y seguir los señalamientos hasta Real de Catorce.  TURISMO SAN LUIS POTOSÍ www.visitasanluispotosi.com
MESÓN DE LA ABUNDANCIA Lanzagorta 11, Real de Catorce, San Luis Potosí, México, C.P. 78550 www.mesonabundancia.com
Desde la antigüedad, antes de que los europeos llegaran a la región de Mesoamérica, el peyote ya era utilizado y reverenciado por tribus nativas, tales como los Mexicas, los Huichol de México septentrional y los Navajo del suroeste de Estados Unidos, como parte de su espiritualidad tradicional.
Si la autoridad sorprende al viajero con peyote, este puede ser consignado ante las autoridades por dos cargos federales: delito contra la salud en la modalidad de posesión de narcóticos; y comercialización de una planta en peligro de extinción.

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