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La realidad cuestionada

Por: Gourmet de México 28 Mar 2018
Damián Alcázar, un hombre de zapatos ajenos, de pieles extrañas, de comidas caseras. Actor que encarna personajes dispuestos a tomar al mundo por asalto. Viajero […]



	     La realidad cuestionada

Damián Alcázar, un hombre de zapatos ajenos, de pieles extrañas, de comidas caseras. Actor que encarna personajes dispuestos a tomar al mundo por asalto. Viajero de platillos exóticos y recuerdos culinarios.

Foto Víctor Ayala

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Es un niño muy chillón. En sus fotos de pequeño siempre está llorando, o ya lloró o va a llorar. Si Damián tuviera que dirigir la película de su vida esta sería la primera escena en su guión, la imagen de sí mismo llorando.

No le costaba hacer las fotos de ovalitos que lucen en las salas de muchos hogares mexicanos: el bebé sonriendo, con puchero, en pleno llanto, o cualquier otra que se le ocurriera al fotógrafo o a la madre. Pasa en las mejores familias. Lugar común la frase, pero también es el nombre de la primera película (1987) en la que apareció.

Hoy lo que le cuesta trabajo es sonreír, asegura que en su vida cotidiana es un tipo muy tímido, a pesar de que ha pisado quién sabe cuántas tablas y participado en al menos treinta películas. Pero, ¿de verdad es difícil para un actor sonreír? Cuando el fotógrafo le pide que lo haga la mueca sale sin esfuerzo.

“Yo era un niño carente de afecto, ensimismado, muy inhibido, enclenque… más que ser un niño de acción era un niño de imaginación. Y todo esto lo sublimo en la actuación, pero en la vida real sigo siendo ese niño inhibido”. En medio de un evento de prensa para presentar la serie Diario de viaje, producida por el Instituto Politécnico Nacional, donde Damián es el Virgilio que conduce por la comida de Latinoamérica, el actor se muestra parco, pero dispuesto y relajado, cuesta trabajo pensar que es el mismo que encarnó a un policía terrible en Lolo (1992), o al político Juan Vargas, en la adaptación del texto de Jorge Ibargüengoitia, La ley de Herodes (1999).

Unos pantalones, camisa y un saco puesto para expresar formalidad ante la prensa acompañan la figura desaliñada que caracteriza a Damián. Lord Sopespian, el personaje que interpretó en la saga de las Crónicas de Narnia, montado a caballo, dista mucho de esta cubierta de libro, que resguarda a uno de los actores de mayor prestigio en el universo del cine mexicano.

“La primera película que vi cambió mi vida”, comenta el actor sin mucho esfuerzo de memoria; era un western. Él quería estar en ese “sueño raro”. “Cuando entro a escena no soy yo, ni siquiera el rostro en el espejo, ni el alter ego. No me pongo en el papel del otro. Mi transformación como actor se explica en la medida en que entiendo, comprendo y quiero hablar del personaje y sus circunstancias; absorbo el conocimiento junto con la gente que escribe la historia. Entonces, aprendo también de los seres humanos.”

Pero qué adquiere un actor, o cualquiera, de sí mismo cuando se convierte en otro. Todo artista tiene como punto de referencia su propia experiencia. “Yo me miro poco al espejo… Sé que soy producto de lo que hago, eso me conforma, con una visión autocrítica, y luego muy exigente. De mí aprendo que puedo ser muy disciplinado, que hago las cosas con muchísima pasión, y me encanta; que tengo una gran empatía con los seres humanos, en sus equivocaciones, en sus aciertos, en sus vicios y en sus virtudes… que soy uno más…”

Asesinos, sacerdotes, policías judiciales, un mucho de todo; la vida de Alcázar toca las aristas de la personalidad múltiple, de la separación del yo para mimetizarse en un espacio ajeno. El arte narrativo está construido sobre la verosimilitud, en un universo donde es posible que las historias y los personajes vivan sus circunstancias particulares. “Ni recrear, ni romper; yo actúo cuestionando la realidad y buscando una mejor en el resultado final, no en los personajes, que tienen sus submundos; por eso procuro hacer cosas que valgan la pena.”

En México existe el chiché de que la realidad sobrepasa a la ficción. Al hablar del tema Damián endereza la espalda, se acomoda el saco, se prepara para dar su visión; se nota que el tema le apasiona, que tiene una postura esperando en la punta de la lengua para saltar a la menor provocación. “Hay que comprender las cosas que pasan en México, el porqué hay gente convencida de haber votado por quien votó. Entender que quizá no tienen memoria, o están en un lugar privilegiado y no tienen idea de cómo le hace un obrero para vivir con sesenta pesos al día. A ellos seguramente les importa un pepino si sube el kilo del huevo o no, o sí, lo sufren, pero su inercia y su pobreza de imaginación los ha hecho elegir a quien viene dispuesto a arrasar con lo que queda del país.”

Y así como su trabajo actoral lo hace contrastar la realidad, el cine para él “juega el papel de tratar de llegar a la conciencia de quienes vean una película, aportar algo, que tiene que ver con cuestionarte la vida.”

Además de la ficción Damián Alcázar ha llevado el papel de narrador y guía en documentales cercanos a los viajes y la gastronomía, donde también hace trinchera en su lucha por conseguir puntos de referencia para asirse a esta realidad tan cuestionada. “En estos proyectos muestras la realidad de manera distinta, pero al mismo tiempo la contrastas. Aquí no hay un personaje, soy yo, pero en otras latitudes, poniendo frente a frente lo que pasa en otros lados, las circunstancias, la pobreza o la riqueza cultural de la gente contra la mía.”

¿Y comiste mucho? “Muchísimo, rico, y a veces no tan rico. Comí cosas espantosas, como un licuado de frutas con una rana cruda en Brasil, con todo y huesitos… pues… sabe como a eso. O un jugo de chontaduro, que es un fruto colombiano de una palma con espinas y tiene ciertos efectos afrodisiacos, ya andaba yo desesperado…” Por fin una risa sonora. “De la gastronomía de mi país aprendí que es extraordinaria. Me doy cuenta cuando tengo la oportunidad de salir y comer en otro lado. Me gusta mucho viajar, pero siempre muero por unos chilaquiles.”

Damián es un hombre de comidas caseras; cocina cosas muy simples, como calabazas, verduras cocidas y quintoniles que le traen a la memoria el campo, cuando visitaba a su abuela en un pueblo pequeño de Tlaxcala y comía quelites en una tortilla. Michoacán es su tierra natal, pero a los tres meses de edad lo llevaron a Guadalajara, así que la culinaria purépecha no se arraigó en su paladar. Vivió mucho tiempo en Veracruz, y la gastronomía jarocha la conoce de memoria.

En 1998 Damián filmó en cortometraje Cruz, dirigido por Kenya Marquez. En una de las escenas el personaje de Alcázar es recibido por su madre, quien prepara la comida; ella es una mujer castrante, que al darle de comer le trasmite su miseria, pero en la otra realidad del actor la cosa cambia.

“Siempre quedo muy agradecido con la gente que nos alimenta, que nos acerca el plato, que hace de comer, eso es extraordinario. Haciendo los documentales tratamos de reflejar ese amor de la señora que nos daba de comer y nos nutría. Si tuviera otra vida volvería a ser actor, pero también cocinero. Son dos formas de dar. Hay comidas y películas que te cambian la vida.” .

Pasos en el cine

Damián Alcázar nació en Michoacán. Su formación histriónica se consolidó en la escuela de actuación del Instituto Nacional de Bellas Artes y en el Centro de Experimentación Teatral. Películas como Un mundo maravilloso, Crónicas, Las vueltas del citrillo, El crimen del padre Amaro, La habitación azul y La ley de Herodes le han dado un papel protagónico en el cine mexicano. Ha ganado el premio a mejor actor en el Festival Internacional de Cine de Cartagena, en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en el Festival Internacional de Cine de Miami y el Ariel México entre muchos otros.

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