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Food porn

Por: Gourmet de México 12 Abr 2018
Hay alimentos que nos llevan a estimular la imaginación; pensamos en su aroma, fantaseamos con su sabor y casi sentimos su textura.



	     Food porn

Hay fantasías que deben ser consumadas y otras dejarlas en la imaginación. Una de ellas es la comida, aquella mentalizada o vista en imágenes: una tarta crujiente de manzana horneada a la perfección, pensar en probarla es tan tentadora que aún cerrando las páginas o apagando el televisor una rebanada se apodera de nuestra cabeza y podemos oler la canela y azúcar mascabada además de sentir en el paladar ese crujir de la pasta que acompaña a esa manzana dulce y tibia, ¿En dónde la conseguiremos?, ¿Nos quedará igual?

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Food porn, en su traducción, es el llamado a la tentación, el comerse con la vista aquellos alimentos seductores mediante un close up: gotas de jugo de naranja resbalando en cámara lenta hacia un vaso con hielos, queso burbujeante deslizándose sobre la carne de una hamburguesa, fresas en caída libre hacia una alberca de chocolate y azúcar glass volando sobre profiteroles como diminutos copos de nieve.

A veces, el sólo ser invocados nos pueden hacer salivar, nos enamoramos de los colores, las texturas y las formas del encuadre. Seguramente tenemos registro de esto en nuestra memoria,  es fácil de asociar para tener un estímulo, desearlo e ir por ello. Esto es el resultado de una gran planeación y producción: la participación de un cocinero, un fotógrafo, luces, un maquillista denominado food styler quien embellece hasta el último bocado del modelo y voilá, click tras click la comida es retratada en varias posiciones hasta tener la toma perfecta.

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De acuerdo al semiólogo Roland Barthes hay dos tipos de imágenes culinarias, aquellas del deseo denominada “cocina ornamental” las de recorrido visual, el pase al mundo de la fantasía; y la cocina real, aquella llena de simplicidad, sin “magia” pero con la seguridad de que esas recetas -aunque no se vean espectaculares-, que al seguir al pie de la letra son realizables. A veces el tocino no está tan bronceado como se esperaba y la bola de nieve tan firme como en aquel programa de televisión.

Para esto de la realización/frustración Julian Barnes, escritor inglés nos recomienda en El perfeccionista en la cocina que, cuando vayamos a comprar un libro de cocina: “no elegirlo por sus ilustraciones e intentar replicarlas, ya que será imposible”. Esto por el simple hecho de saber que ocultan pasos del procedimiento o dan por hecho algunas técnicas que nosotros como mortales desconocemos, si no somos los expertos de la culinaria, tal vez no detectemos los trucos que hay detrás de aquella imagen, será necesario perder la inocencia y un tanto el optimismo de que saldrá bien, y con ello dos decisiones a tomar: coleccionar ese afiche en el álbum o morir en el intento hasta conseguirlo.

En pantalla chica

Muchos chefs en televisión logran cautivar nuestra mirada mientras los vemos cocinar cuando masajean y bridan un cerdo con sus manos regordetas llenas de grasa, mechan una pierna o esparcen una lluvia de harina sobre la mesa para extender una sableé de vainilla para después probar cremas o salsas con cucharas y palas de madera entretanto balbucean monosílabos en inglés a ojos cerrados:  oh my,oh god, yummie o ñam ñam porque en ese momento seguramente dejan de pensar, entran en un tipo de trance saborizado al que nosotros como espectadores queremos entrar.

En el programa de Anthony Bourdain cuando visita a David Chang en Momofoku comparten un pastel de galletas de chispas de chocolate y plátano que causa deseo, así como las travesías de Andrew Zimmern cuando besa a un langostino en las islas Faroe. Otros que han hecho suya a la cocina del antojo son Fergus Henderson un especialista en cerdo, Sacha Hormachea con sus ostras o fritas o aquel puré de papas consagrado por Joël Robuchon entre muchos otros que apuestan por el comfort food y platillos que pueden no ser sofisticados.

food porn puré de papas

Paco Roncera, chef y fotógrafo dejó escrito que “la fotografía permite palpar las texturas de cada ingrediente”, vivimos en una era visual en donde de los ojos sí nace el amor y no del texto, nos gusta ver, somos un tanto vouyeristas, fantaseamos con esos programas de cocina, porque aunque no sepamos cocinar y jamás hayamos tocado un cuchillo hay un interés especial por ver un paso a paso hasta llegar al resultado final.

Porque amamos el tocino

La imagen y los medios masivos popularizan alimentos, se ponen de moda como grupos de rock o diseñadores. El tocino podría ser uno de estos ingredientes que ahora forman parte de la alacena de los deseos, la “decadencia” y un cuerpo dorado y crujiente perfecto para sándwiches BTL, tabletas de chocolate, rodeando camarones, pastillas de menta además de tener un público para compra de jabones e hilos dentales, muchos han sido “baconizados”.  El tocino, pasó de ser el acompañante de un solitario huevo estrellado a la pareja perfecta del pollo frito, el brioche -lleno de mantequilla- y waffles.

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Luis María de Pazos, fotógrafo español de alimentos hizo su propia versión de la frase popular de Brillant Savarín, “somos lo que cocinamos con luz”, bajo esta idea me acuerdo de Jacques La Merde, quien en su cuenta en Instagram hace una sátira del fine dining y el fast food combinando ingredientes chatarra con técnicas y emplatados de la cocina contemporánea. Basta un lienzo en blanco y un fondo negro para lograr montajes suculentos de los cuáles sólo sabremos su contenido si leemos su descripción.

Entonces sí, muchas veces una fotografía de comida puede despertar en nosotros apetito que puede continuar y quedarse ahí cuando apagamos el televisor o cerramos el libro de cocina.

Por Raquel del Castillo

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