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Historia de una manzana que quería ser manzana

Por: Gourmet de México 23 Jul 2015
“Como buena manzana mexicana, norteña, de ‘Shihuahua’, tenía destinado un mejor futuro”… Por José Luis Reyes-Iturbe Ilustración Víctor Manuel García Bernal Nunca nadie me advirtió […]



	     Historia de una manzana que quería ser manzana

“Como buena manzana mexicana, norteña, de ‘Shihuahua’, tenía destinado un mejor futuro”…

Por José Luis Reyes-Iturbe Ilustración Víctor Manuel García Bernal

Nunca nadie me advirtió que ser una manzana no sería cosa fácil. Lo peor es que me dieron a elegir y no lo dudé nunca.

—¡Manzana, manzana! —grité yo primero, arrebatando la palabra a más de uno, sin verdaderamente tener conciencia de la decisión que estaba a punto de tomar. Recibí con orgullo un sobre que abrí con emoción, con el ánimo de quien ha cometido una fechoría, con la ilusión de haberme encontrado con algo increíble. Me asignaron a Gertrudis Sánchez, o sea, Calle Gertrudis Sánchez, Manzana 4, Lote 33.

Ya lo dije al inicio, esto no sería cosa fácil. Había tres niños mal portados en la casa, dos perros territoriales y una vecina que miraba mi número desde la puerta de enfrente, haciéndome sentir incómoda.

Regresé a la oficina de empleo, esta vez o me daban algo digno o la siguiente vez me verían formada pidiendo el paro, un seguro de desempleo pues, para los que no han cruzado el “charco”.

Pusieron un segundo sobre frente a mí. Lo abrí, ¿Manzana de Adán? Vi la dirección en un papel, implicaba horas de trayecto pero eso no fue lo peor, al llegar al domicilio resultó que el tal Adán no vivía allí.

—¿Juan? ¿Iram? —preguntó una señora que abrió la puerta. ¿Manzana de Adán en un domicilio desconocido de un tipo que ni se llamaba Adán? Habrase visto trabajo más indigno.

Como buena manzana mexicana, norteña, de “Shihuahua”, tenía destinado un mejor futuro, mis sueños iban más allá de eso. Supe de una que dio nombre a una gran ciudad, de otra que ayudó a Isaac en sus descubrimientos, y qué decir de aquella que con tremenda mordida ahora se deja ver por todas partes. Y si todo parecía tan fácil para otras, ¿por qué no pintaban bien las cosas en este momento?

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Con el vástago cabizbajo caminé algunas calles hasta que me encontré con un mercado. Mi condición de pequeña e imperfecta no hacía las cosas fáciles. Me encontré con la presumida gala de Washington, roja, brillante; con una fuji china, sí, lo dije bien, china, no japonesa, que crecía todo el año, que era buena para ensaladas, tartas y salsas. Sólo una cosa me quedaba clara, nunca me daría por vencida.

Esperé paciente junto a mis competidoras hasta que unas manos gordas pero amables me tomaron, me apretujaron, me sopesaron y, finalmente, me pusieron en una bolsa. Ya con ellas las cosas empezaron a mejorar, poco a poco. Pasé de mordidas a ensaladas de frutas, luego me pelaron y me espolvorearon con chile piquín. Cuando hizo frío me bañaron en un ponche y me hirvieron con canela, una vez hasta me hornearon en una tarta tartin. Ya para el domingo me vistieron con caramelo y me llevaron al parque. Los niños me veían y corrían hacia mí, yo era feliz.

De vez en cuando me bañan con chamoy y me llevan a las fiestas, otras veces me maquillan con cajeta y chocolate y me ponen aretes de nuez. ¿Qué más puedo pedir?

Nunca nadie me advirtió que ser una manzana no sería cosa fácil. Lo mejor es que me dieron a elegir y no lo dudé nunca.

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