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Mujeres del cacao

Tomar pozol recién hecho en un pocillo de peltre al aire libre, en la zona cacaotera tabasqueña, es una experiencia indescriptible. Eran las 10 de la mañana, el calor amenazaba con ponerse más fuerte. Cada sorbo de esta bebida es un alivio para el cuerpo y el alma. En Comalcalco, sirve a quien tiene largas jornadas de trabajo, pues con ella se recupera la energía. Durante nuestra visita a la región, fuimos abrazados por un edén húmedo y caluroso con múltiples matices de verde.

Texto Raquel del Catillo Fotos Román Gómez

 

La semilla es delicada. Primero se trata de una flor que debe ser cuidada y polinizada: después, de una vaina de piel dura que va cambiando de colores según su variedad. Para llegar a una tablilla, hay un largo recorrido y esfuerzos que no todos están dispuestos a realizar. Un claro ejemplo de amor y respeto por este ingrediente es la cooperativa que emprendió Estela Lázaro Magaña en Tecolutilla, Comalcalco, bajo el nombre Mujeres de cacao. Mediante esta plataforma, las habitantes de su comunidad pueden contar con un ingreso extra y reafirmar sus tradiciones.

Estela comenzó este proyecto inspirada por su abuela y su madre, quienes trabajaron mucho con el cacao. Hace 10 años formó una red de mujeres, a quienes nombró “embajadoras del cacao”, compromiso que ellas asumieron con firmeza: no sólo se comprometieron con Estela, sino con la comunidad entera.

Ellas trabajan con las manos. Saben plantar cacao, cosecharlo, desgranarlo y procesarlo no sólo en tabletas de chocolate, sino también en bebidas. Además aprovechan la merma para convertirla en abono y producen piezas artesanales con la cáscara de la mazorca. Su trabajo tiene presencia en varias partes del país. Los resultados obtenidos, por ser positivos, generan un ambiente que les devuelve la fe para seguir laborando; se trata de animar a los productores para que no abandonen el cultivo y los procesos de este maravilloso alimento.

Toda mujer tabasqueña puede ser embajadora del cacao, sólo tiene que interesarse, ser constante, entregarse al conocimiento de los procesos desde cero: debe saber sobre siembra, cultivo, recolección, uso de semilla y transformación a tabletas, además de vestir el traje típico, pues esto ayuda en la difusión del arte de su estado, lo cual rinde frutos si se asiste a ferias o se imparte un taller a los visitantes. Aunque es un ambiente de mujeres, también hay hombres. Esto se explica por tradición, según la cual el hombre debe partir con su machete la vaina y la mujer desgranar.

Actualmente, hay 60 familias cacaoteras integradas a este proyecto, el cual no sólo incluye a niños, adultos mayores y jóvenes, sino que también busca involucrar a personas con capacidades diferentes. “Nos estamos preparando para ofrecer un trabajo digno para ellos”, comentó Estela, quien aseguró que enfrentan una crisis y que sólo con promoción y difusión de los lugares de arraigo y sus tradiciones, pueden atraer una derrama económica mediante el turismo.

El año pasado, las mujeres del cacao obtuvieron un apoyo del Instituto Nacional de la Economía Social. Con éste montaron una pequeña fábrica (y escuela taller con recorridos) llamada La Campesina del Cacao. Algunos de sus productos a la venta son la mermelada de mucílago de cacao, chocolates, polvillo y el chorote en polvo. “Queremos que la cultura del cacao y el chocolate siga en nuestro país, así como conquistar paladares exigentes”, finalizó.

Tabasco es el estado cacaotero principal, con 68% de la producción, seguido por Chiapas, Guerrero y Oaxaca. En conjunto, tuvieron una producción total de 28,000 toneladas, cifra que posiciona al país en el octavo lugar a nivel mundial.

 

Otros proyectos

En México hay otras iniciativas de mujeres relacionadas con el cacao. Una de gran relevancia es GUNA, que se dedica a la producción de jabón con este alimento. Por su parte, Las Chocas es un proyecto conformado por tabasqueñas que siembran y cuidan plantas de cacao. En Latinoamérica hay grupos de mujeres similares al encabezado por Estela. En Colombia, por ejemplo, la chef María Fernanda Di Giacobbe se ha dado a la tarea de empoderar a las mujeres para que se animen a establecer sus propias empresas chocolateras. Esta iniciativa consiste en compartir con el mundo el mejor cacao, del cual ellas mismas se sienten orgullosas; ven en la semilla una posibilidad económica, además de que buscan salvaguardarla de origen al tiempo que se fortalecen como individuos. De hecho, la labor de María Fernanda ya fue reconocida con el Basque Culinary World Prize, por haber encontrado en la gastronomía un factor de cambio positivo para la sociedad.