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La Meche: terriorio de paso e inspiración

La Merced es más que un mercado, es una ciudad por sí misma. Su palpitación comienza en la madrugada.

Texto Historias de Comal @historiadecomal Fotos Nancy Granados @nanmorada

Se escuchan los silbidos, el arrastre de los diableros que pasan los huacales de los camiones a los puestos, los cuales, conforme van llegando los vendedores, develan sus islas: cambian las telas negras y los hules coloridos por montañas frondosas de ajo, maíz tierno y manzana perfectamente apilada; parecieran pequeños ejércitos monocromáticos que puesto tras puesto cambian de tonalidades y sabores según el pasillo: chiles frescos con morrones, habaneros, jalapeños, cuaresmeños, poblanos…

La mayoría de los comestibles viene de la Central de Abastos. Allá se elige lo más fresco y de temporada. Si uno pregunta a los comerciantes de dónde traen las cosas, seguramente responderán que de dicho lugar; sólo quienes están a la orilla de La Meche y los puestos de herbolaria quedan exentos. Si se requiere producto de milpa, hay que buscarlo bien entre los pasillos y mirar hacia el suelo  para descubrir a las señoras con sus mantas y canastos; ofrecen las semillas empleando latas de sardina como medida y su cosecha es de traspatio.

Conforme avanza la mañana, la algarabía se intensifica, así como los olores que la fruta desprende: el mamey recién cortado, el melón a punto de ser agua, las rebanadas de sandía que asoman en plena sonrisa, el cilantro con su peculiar aroma que de inmediato me mueve al antojo de unos tacos con cebolla bien picada y salsa cruda.

Después están las hortalizas y los manojos de espinacas; los rábanos, las lechugas y las verdolagas, buenas para quien busca una dosisgenerosa de hierro. Como en todo mercado, quien es buen marchante sabe que “al que madruga dios le ayuda”, y esto es porque sólo así se encuentra el mejor atole —me refiero al de Tere—, expendido en un puesto cercano al pasillo de los nopales. Los sabores son singulares: pinole, masa azul o blanca, chocolate y avena.

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Motivo de felicidad es también el puesto de doña Edith, ubicado en el pasillo cinco, puerta 11. Ofrece ingredientes que se consumían a diario en la gran Tenochtitlán: tamal de rana horneado y ahuautle para preparar tortitas con huevo; acociles, tamal de charales ahumados de Janitzio, Michoacán, además de carpa ahumada o criolla con huevera; gusanos de maguey, escamoles, chapulines, jumiles para taquear y hormigas chicatanas, joya oaxaqueña muy recomendable para salsas de comal.

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Si la sed apremia y la lista de compras ya está hecha, es preciso ir a las juguerías, en especial a la que se conoce como El rey de la piña. En este lugar a diario cuentan con jugo de caña y piña en vitroleros con hielo. Se vale que después del mediodía don Jorge López le agregue un poco de picardía al asunto: un piquete de ron blanco o añejo. Aunque si se trae cruda, es posible curarla con cerveza, jugo de tomate y limón en un vaso escarchado.

Tal vez se pierda la noción del tiempo dentro de este mercado. Bastará con ponerse abusado y mirar hacia arriba, las ventanas laterales de la nave servirán como guías; las luces van cambiando de dirección hasta que se opacan. El ruido, que por la mañana se asemejaba al de un panal, decrece casi inadvertidamente; la orquesta se encenderá de nuevo al día siguiente con un café de olla y un delicioso tamal.

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Entretanto, la pequeña ciudad vuelve a dormir, se pliega entre sus mantas multicolores en espera de otra jornada. En La Merced, la vida da vueltas entre música y alegría.