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Motín en el fat camp

Si lo desean con fuerza, les dije, este vaso de zanahoria rallada se puede convertir en un vaso de espagueti a la boloñesa. Todas las miradas se fijaron como pistolas láser en la verdura que yo sostenía entre mis manos. No está pasando nada, Berto, eres un fraude, me dijo El Conejo , irritado de tanto soñar con ver un carbohidrato de nuevo. Tengamos paciencia, amigos, esto sólo sucede si ustedes quieren que suceda, se llama sucesión. ¿No era sugestión? Sí, Saúl, eso dije. La verdad era que no sabía cómo decirle a mis nuevos amigos que estábamos perdidos; era probable que no volviéramos a experimentar jamás en nuestros paladares el maple derretido de una dona glaseada o el glorioso sabor de un helado de choco-menta. El mundo como lo conocíamos había llegado a su fin y ahora nuestras madres habían unido fuerzas con un objetivo: hacernos bajar de peso.

Texto Pau del Collado* Ilustración Víctor García (@artista_local)

El folleto que se encontró mi mamá fuera del súper decía: “¿A tu hijo le pesa su peso? El campamento Ganadores del mañana es el lugar donde podrá cumplir sus sueños”. En primer lugar, mi sueño no es deshacerme de mi panza, mi sueño es convertirme en un famoso cineasta, como George Lucas o Steven Spielberg. En segundo lugar, ¿qué le hacía pensar a mi mamá que si en 11 años no había podido separarme de la pizza y del refresco, ahora sí triunfaría? Antes a todo el mundo le daban ternura mis cachetes. Mi abuela me pagaba cinco pesos por dejarla pellizcarlos y las niñas reaccionaban como si hubieran visto un cachorrito de bulldog. Pero ahora había dejado de ser lindo estar gordo, tenía a la miss de la escuela molestando, a mi mamá y, según me enteré en internet, a la Secretaría de Salud. Todos en mi contra. Así fue como terminé siendo abandonado por mis papás a la entrada de un rancho cuyo lema era “Descubre el potencial de tus verduras”. Estábamos inscritos El Conejo , Saúl, Concha y yo. Los instructores de Ganadores del mañana nos prometieron que íbamos a salir siendo niños y niñas sanos. Como si estuviéramos enfermos de algo gravísimo. Ahí supe que debíamos perder la esperanza. Empezaron registrando nuestras pertenencias. Concha había guardado en su maleta, camuflados dentro de su pijama de unicornios, tres paquetes de lunetas con cacahuate. Raúl, de gustos más elegantes, había colado entre sus calcetines unos palitos de pan de ajo y un bloque de queso azul.

El Conejo, en su desesperación, no había traído nada. De hecho, hasta se le había olvidado el cepillo de dientes. Y yo, en medio de un arranque de fuerza de voluntad, pensé que no necesitaba las barras de chocolate que intentó darme mi papá a escondidas antes de despedirse. Los primeros días en el campamento fueron como haber entrado a una base militar. Nos despertaban temprano y nos llevaban a hacer deporte. Luego, cuando uno estaba más muerto de hambre que un zombi, le daban de desayunar claras de huevo, gelatina y té de manzanilla. Un día, mientras Saúl y yo jugábamos a los vampiros con el jugo de betabel, se me ocurrió algo: podíamos transformar la comida en lo que quisiéramos. Lo único que teníamos que hacer era imaginarlo. El chiste del juego era presentar la comida sana en turno y decir en qué se podía convertir. Este pescado asado con verduras al vapor podría ser un huarache de papa con chorizo. Esta coliflor cocida podría ser un montón de palomitas. Pensé que el juego nos ayudaría a sobrevivir a los últimos días del campamento, hasta que sucedió lo de las zanahorias. Imaginábamos el sabor de la salsa de tomate con la pasta cuando Concha habló: ¿Y si esa zanahoria rallada sólo fuera zanahoria rallada y nos gustara nada más por saber a zanahoria? Saúl estuvo de acuerdo: Amigos, creo que hay momentos de zanahoria y momentos de pasta. Y El Conejo , como buen traidor, siguió: O de pasta con zanahoria. Pensé en enojarme y gritarles, pero tenía hambre y el vasito con verdura, después de todo, sí se veía irresistible. 

 

* Pau del Collado fue ganadora del xix Premio Barco de vapor, con su obra El extraño caso de Santi y Ago; egresada del diplomado de creación literaria Xavier Villaurrutia del inba y becaria de investigación en el Centro de Estudios Lingüísticos de El Colegio de México.